La merced de la encomienda y la influencia lascasiana

Luego de la etapa inicial que significó la conquista del Caribe, -y tanto en el caso del virreinato de Nueva España como en el Virreinato del Perú- la explotación de los indios fue organizada bajo el sistema de encomienda. El mismo significó la puesta a disposición de grupos de indígenas como tributarios en especie y trabajo para los miembros de las huestes conquistadoras. Esta merced aprobada por la corona significaba un premio por los servicios prestados, y era legitimada por el supuesto compromiso del encomendero en evangelizar y cuidar de aquellos a su cargo; sin embargo, en la práctica, estos deberes no solo fueron descuidados, sino que sirvieron como una cortina detrás de la cual se sucedieron la explotación, el hambre y los castigos físicos. El crecimiento del dominio y beneficio privado de los encomenderos presentó así un inconveniente a la lejana metrópolis, la cual vio amenazado su poder en las colonias; a la vez que, junto al clero, percibió las masivas matanzas como contrarias a sus intereses -políticos y sagrados-.

Bartolomé de Las Casas

El fraile dominico Bartolomé de las Casas (Sevilla, 1474 o 1484 ​- Madrid, julio de 1566) fue uno de los principales (si no el mayor) de los apologistas por los indígenas. Habiendo llegado como cura doctrinero a La Española en abril de 1502, atendió los negocios que su padre había dejado como terrateniente en el Caribe, a la vez que ganó experiencia para ser nombrado fraile.

Por su participación en la guerra contra los indios de la provincia de Higüey recibió una encomienda; de la misma forma, su bienintencionada labor evangelizando a los indios de Cuba permitió el avance de los españoles y le valió otra. Sin embargo -y pese a sus actividades comerciales- las matanzas y las atrocidades presenciadas fueron cimentando sus convicciones, ubicándolo como opositor a la encomienda y al injusto trato que se le daba a los indios.

Todo esto hizo también que se replantease su misión -y aquella de las expediciones- en el Nuevo Mundo. En una misa de pascua de 1514 dio un discurso en contra del maltrato a los indios, y finalmente el 15 de agosto, reiterando sus críticas, cedió sus encomiendas. Las Casas se retiró momentáneamente a Sevilla, y a lo largo de toda su vida abogó por los derechos de los indios y el cese de la encomienda. Su causa y la defensa de la misma lo llevo muchas veces de vuelta a América donde ocupo cargos como el de Reformador de la orden de los Dominicos en el Nuevo Mundo, y aquel de Obispo de Chiapas. Finalmente decidió regresar a España en 1547, abogando por el bienestar de los indios desde la metrópolis hasta su muerte en 1566.

Su influencia

La influencia lascasiana en la evolución de la encomienda es -como dice Brading- directa, ya que con sus denuncias sobre la explotación y el maltrato al que estaban expuestos los naturales el tema cobró un rol protagónico en los debates peninsulares. En su exposición de esta problemática “se vio obligado a redactar su proyecto de reforma de tal modo que los cambios que propugnaba resultaran en beneficio de la Corona, además de ayudar a los indios”[1] sentando las bases para una reformulación de la estructura del sistema colonial.

Las principales denuncias exponían la despoblación de las Antillas producto de la explotación indiscriminada de los naturales, las matanzas, violaciones y otros abusos; el hambre sufrida por los naturales, producto de la incapacidad de trabajar sus propias tierras (por la falta de tiempo disponible y frente a los trabajos compulsivos que se les habían impuesto).

Para las casas, el fin que debía otorgar legitimidad a la conquista era necesariamente la evangelización, la salvación de las almas; y cualquier desvío en favor irrestricto de las empresas privadas de los conquistadores solo sería contraproducente, generando en los indios el temor y germinando la maldad en los colonizadores. Esta evangelización debía ser perseguida “manteniéndose la autoridad de los jefes indios, y asegurando la conversión mediante su apoyo y protección”[2] esto se lograría excluyendo a los españoles de los territorios de indios, los cuales deberían ser reunidos en pueblos y puestos bajo la protección de agricultores y el clero. La encomienda debía ser abolida totalmente, y los indios definidos como vasallos libres de la corona, sin otra obligación que la de pagar el tributo real. La conquista debía ser pacifica, e integrar a los indígenas por las vías del comercio y la religión, con el incentivo del beneficio económico y tributario para la corona. Según Las Casas, el papa (quien en 1537 pronuncio una bula declarando a los indios humanos dignos de la salvación), había confiado el Nuevo Mundo a los reyes, quienes debían asegurarse de llevar la fe cristiana a la mayor cantidad de almas posibles.

Consecuencias

Sus denuncias movilizaron grandemente, junto a otras, la promulgación del código de Nuevas Leyes en 1542, el cual ordenaba la emancipación de todos los esclavos indios; el pago en tributo en especie o en efectivo, y la devolución de toda encomienda a la corona una vez muerto su poseedor. Este código fue resistido fuertemente, generando el levantamiento en contra del virrey de Perú y su posterior asesinato. Debió negociarse entonces: se aseguró la merced de las encomiendas temporalmente (al menos por otra generación); pero de la misma forma se logró la libertad para los indios esclavos, su tributación en especies y el pago de un salario por la labor compulsiva en la agricultura o las minas.

Habiendo visto la agitación que produjo previamente el dominico en la corte al rechazar las prestaciones personales y la encomienda; en esta segunda etapa de la explotación de la fuerza de trabajo indígena es innegable, entonces, su influencia. Esta segunda etapa fue una de transición, y estuvo caracterizada predominantemente por la exigencia de los tributos en especies, la cantidad de los cuales “variaba de un momento a otro según las fluctuaciones de los precios a los cuales se vendían los productos en remate”[3] diferenciándose del periodo anterior en el cual no se exigían cantidades controladas en especies y trabajo.

Podemos ver entonces, que se tasaba la cantidad de productos en relación a una cantidad fija de plata, según el total de la población que dispusieran las comunidades para la producción. Esto es así porque los encomenderos comerciaban con el excedente en especies para obtener moneda, y mediante ella los bienes importados de la península. Un caso emblemático de esto es la tributación en plata y oro, los cuales eran considerados como especies y no dinero: “lo que se le entregaba sería, pues, una cantidad determinada en metal bruto, que después tenía que convertirse en pesos “ensayados y marcados””[4]A su vez, el estado comenzó a valerse de la mano de obra indígena para un sistema de trabajo compulsivo (la mita) pero lo hizo respetando los derechos concedidos a los indígenas y dotándolos de un salario.

Por Assadourian podemos ver que las tasaciones realizadas a las comunidades en esta etapa de transición muchas veces resultaban gravosas, ya que anteriormente (y pese a los abusos), los indígenas estaban acostumbrados a negociar con los encomenderos la cantidad de tributos a entregar, paliando así efecto las crisis climáticas sobre las cosechas y la economía comunal. Esta fijación previa del tributo ponía ahora a los indígenas en el doble riesgo de fallar con el pago de la tasa o hacer peligrar la propia subsistencia del ayllu. Esta doble dificultad frente a los imprevistos se vio reflejada múltiples veces en la solicitud de retasación presentada por los naturales. [5]

Las Reformas Toledanas

Al reformar la estructura política y económica del virreinato del Perú, el virrey Toledo sería consciente de la dificultades que conllevaba tasar los tributos en especies. En sus disposiciones, tomaría consideración tanto de las denuncias lascasianas como de las experiencias previas sobre el territorio, visitando las provincias antes de promulgar nuevas normas, considerando que estaban constituidas por ”<<costumbres temples y naciones y prouincias tan varias>> que hacían imposible gobernar mediante la promulgación de leyes y ordenanzas genéricas”[6].

En esta reforma se traducirían las crecientes inquietudes que había sembrado Las Casas en la península; Toledo precisaría primeramente legitimar el orden colonial, para eso, se dedicaría de lleno a la realización de entrevistas con comunidades locales, averiguando las relaciones históricas con los incas, probando que no eran gobernantes naturales de las tierras o que no aplicaran la violencia, sino todo lo contrario. Buscaría demostrar, también en beneficio de la corona, que los indígenas eran naturalmente ociosos y precisaban quien los ordene y mande.

Luego, concretaría el poder de la metrópolis con unas disposiciones económicas precisas: tasaría el tributo a los encomenderos en dinero, volviéndolos unos meros renteros de la corona; concentraría la mano de obra excedente indígena intensificando el sistema de mitas incaico y modernizándolo. Estas y otras medidas llevarían a la reorganización de la economía andina como un todo, así como tranquilizarían las consciencias europeas. Como un último gran aporte tomado de Las Casas, y orientado tanto a homogeneizar y controlar la población, como a imponer una fiscalidad, Toledo decretaría la reducción de las comunidades en pueblos de indios, donde poseerían su propio cabildo, administrarían su propia justicia, y el clero secular tendría la oportunidad de evangelizar efectivamente a las colonias.

Autor: Nicolás Perez Cottin

FUENTES

[1]BRADING, David A., Orbe Indiano. De la monarquía católica a la república criolla, México, F.C.E., 1991. Cap. 3: “El profeta desarmado”, pag. 77.

[2] Op. Cit. Pág. 80

[3] PLATT, Tristan, “Acerca del sistema tributario pretoledano en el Alto Perú”, en Avances. Revista Boliviana de Estudios Históricos y Sociales, N° 1, 1978, pág.. 34.

[4] Op. Cit. Pág. 39.

[5] ASSADOURIAN, Carlos S., “La renta de la encomienda en la década de 1550: piedad cristiana y desconstrucción”, en Transiciones hacia el Sistema Colonial Andino, Lima, El Colegio de México-IEP, 1994.

[6] MERLUZZI, Manfredi, Gobernando los Andes. Francisco de Toledo virrey del Perú (1569-1581), Lima, PUCP, 2014. Cap. 2 “Conocer para gobernar”, pág. 120.