E.P. Thompson y el marxismo británico: obras y aportes

Por Bruno Benitez

   Habiendo encontrado interesante la trayectoria de E.P. Thompson como investigador, nos pareció interesante en el presente trabajo tratar sus textos analizando las modificaciones que sufrió su postura, adaptándose a las incongruencias y contradicciones propias de su objeto de estudio. Para adentrarnos en lo postulado por dicho autor en este articulo reconstruiremos brevemente su contexto y adhesión a la escuela histórica de los marxistas británicos; ya situados en tiempo y espacio, nos sumergiremos tanto en su teoría metodológica como en sus obras, haciendo hincapié particularmente en sus críticas a la ortodoxia marxista de tendencia economicista y a las reformulaciones que introdujo.

Los historiadores marxistas británicos – La historia “desde abajo”

   Debemos situar al autor en cuestión en la segunda mitad del S. XX, dentro de la tradición teórica de los marxistas británicos. Los historiadores de este grupo tienen la particularidad de que -salvo en el caso de Dobb- su enfoque está centrado primero en el aspecto cultural de la historia, y llegan mediante éste al análisis del aspecto social y político. Al hacerlo, se diferencian del determinismo económico preconizado por la ortodoxia marxista, que analiza las dimensiones política, cultural y legal como extensiones de la realidad económica y sus relaciones de poder; el marxismo clásico sigue -en esta interpretación de la realidad- la analogía de la sociedad como un edificio, en la que la base es la dimensión económica y tecnológica que determina y apuntala a los pisos superiores (superestructura); estos últimos abarcan las construcciones políticas, culturales, legales, etc.

   Habiendo explicado las diferencias en el enfoque de esta escuela, estas, a nuestro criterio la sitúan como una corriente reformista dentro de la historiografía marxista, ya que proponen trascender y alejarse de su método, complejizando el objeto de estudio y aumentando la importancia de factores que eran dejados de lado o entendidos como determinados por lo económico -reconduciendo así su análisis-. Prueba de ello encontramos en una de sus mayores influencias, D. Torr en cuanto “Se oponía al economicismo demasiado influyente en el pensamiento marxista. En particular se opuso a lo que denominó escuela catastrófica de marxistas, los cuales creían que las condiciones en Inglaterra tenían que empeorar mucho más antes de que un cambio serio fuera posible” (H: Kaye, “Los historiadores marxistas británicos”, 1989, p.14).

   De esta forma por ejemplo el análisis de la evolución del sistema capitalista será comprendido como un proceso social en un sentido rigurosamente amplio y no limitado solo al sentido económico. Esto implica necesariamente hacer hincapié en las experiencias y acciones históricas de las clases bajas para reconstruir la lucha de clases, es decir, tomar verdadera dimensión de “la historia desde abajo” y por tanto tomarlos como agentes activos del cambio histórico y sus procesos y no como meros elementos inertes y pasivos que se ven afectados por ellos. Entonces las experiencias de los diferentes sectores son comprendidas solo incluyéndolas dentro de un contexto de relaciones y confrontaciones de clases históricas (suponiendo la búsqueda de dominación de una sobre otras y la resistencia que ello implica) y, por tanto, son calificadas como relaciones políticas. Dentro de esta lógica el concepto de cultura es ampliado, ya no se limita al arte y la literatura elitista, sino que su referencia también incluirá las tradiciones, fiestas y símbolos de lo social y popular. Siguiendo esta línea de pensamiento resaltarán la importancia de la lucha de clases como elemento fundamental para comprender el proceso histórico y sus cambios. Entendiendo este proceso como activo -y desde la perspectiva de sus autores-, lo verán sin embargo siendo estructurado todavía (aunque claramente en menor medida, sumando otras perspectivas) en base a los modos de producción y los conflictos que estos generan.

La escuela de los Annales ¿historia desde abajo?

   El término genérico “historia desde abajo” incluye diferentes perspectivas y modos de aproximación al objeto de estudio, siendo el de los marxistas británicos solo uno. Mientras H. Kaye considera al grupo/escuela histórica de la revista francesa “Annales” como incluído en la “historia desde abajo”, Thompson negará rotundamente esto; para él, este último grupo no tiene en cuenta -salvo excepciones como “Los reyes traumaturgos” de M. Boch- el factor político como campo de tensión y conflicto entre los sectores “de abajo” y las élites, y por lo tanto no comprende a los sectores populares como elemento activo del proceso histórico.

Independencia del grupo respecto al partido comunista: revista “Past and Present”

   Un factor bastante interesante que debe ser resaltado es que la particularidad del grupo de los marxistas británicos no se basa solo en su carácter reformista, sino que se puede entender como innovador también en el sentido de que su conformación y desarrollo no depende exclusivamente del partido comunista, sino que (según Hobsbawm) fue un proceso abierto a otras corrientes historiográficas compuestas por historiadores no marxistas que compartían afinidades e intereses comunes. Esta dinámica no solo se basó en entrar en contacto, sino que verdaderamente llegaron a influenciarse mutuamente, tendiendo puentes sólidos mediante los cuales abordaron proyectos comunes como la creación de la revista “Past and Present”, entidad que no dependía del partido comunista sino de la interacción entre este círculo diverso de intelectuales.

   Frente a todo esto, se produjeron una serie de críticas desde ámbitos marxistas más ortodoxos o clásicos, una de ellas es la de Jhonson, quien dirá que esta corriente culturalista rompe con la tradición económica alejándose del núcleo marxista, sobredimensionando la experiencia y lo empírico frente a la teoría. Mantendrá que es necesario reintroducir loselementos estructurales y económicos para no deformar la corriente. Frente a ello Kaye dirá que no se produce una ruptura con el factor económico sino un desplazamiento del foco de interés hacia el elemento cultural.

Quiebres y diferencias con el Partido Comunista

   Los historiadores marxistas británicos no eran un grupo mayoritario dentro del circulo intelectual inglés, aunque si eran un grupo de vanguardia, innovador y de gran difusión. Posteriormente al año 1956 con la invasión soviética de Hungría y la difusión mediante la prensa de las prácticas dictatoriales estalinistas muchos miembros de este grupo (en consonancia con las diferencias ya expresadas hasta aquí) se desafiliarán del partido comunista, entre ellos Thompson. Los que queden, criticarán varios aspectos de dicho partido, llegando a tener confrontaciones en las que siguen dando cuenta de su carácter reformista.

El caso particular de E.P. Thompson

   Aproximándonos específicamente al autor de nuestro interés y en consonancia con lo dicho hasta aquí, debemos considerarlo como perteneciente a una matriz marxista pero no dogmática. El mismo planteará que es necesario revisar y replantear dicha corriente en base a los cambios que se van generando en el mundo y los campos que Marx no llegó a completar para no perder contacto con la realidad y quedar desfasados. Lo fundamental, entonces, es que la teoría sea pertinente a la búsqueda empírica del historiador y lo que éste encuentre en ella.

   Frente a la visión ahistórica y estática de “clase” que plantean los estudios marxistas clásicos, él -junto a la corriente británica- sostendrá que ésta se va conformando dentro de las relaciones y conflictos históricos propios de la dinámica social y material que vivencian los individuos en conjunto. Es mediante la experiencia que “La estructura se transmuta en proceso” (Ibid. P.214), es decir: los modos de producción se resignifican en la práctica, traduciéndose en relaciones sociales que son experimentadas diferentemente tanto por los grupos subalternos como por los grupos dominantes; estas relaciones y experiencias comunes deben ser descritas desde lo económico, político, moral y cultural porque trascienden lo meramente político e impregnan la vida social.  A esto se refiere Thompson cuando dice que “en términos históricos son al mismo tiempo, las relaciones de clase lo que estructura los modos de producción” y que “la lucha de clases es el proceso histórico” (Ibid. P.217). La evolución del método de producción está determinada por el resultado de la lucha entre las clases -que, a su vez, están conformadas por experiencias y actividades en común no exclusivamente productivas-. Con este esquema en general y el de Thompson en particular, podemos adentrarnos en los textos.

   “La formación histórica de la clase obrera” y “Folklore, antropología e historia social” no solo tratan varios temas en común, sino que en algunos casos los abordan desde diferentes puntos más prácticos o teóricos (iremos dando cuenta de ello a medida que desarrollemos los mismos). Debemos interpretarlos como complementos ya que si generamos una dinámica entre ambos nos dan una imagen completa de la visión historiográfica del autor. Mientras en el primero nos encontramos con el aspecto más práctico de lo propuesto por Thompson, en el cual reconstruye la formación de la clase obrera en Inglaterra, en el segundo nos encontramos con el aspecto más teórico en el cual toma un importante protagonismo el trabajo interdisciplinario. Un dato que nos parece interesante es que, si bien el segundo texto es un año anterior al primero, luego de leer ambos tranquilamente podríamos suponer el orden inverso ya que según lo que él propone, la teoría debe acomodarse a lo que encontramos en la práctica. Motivo por el cual decidimos empezar por “La formación histórica de la clase obrera”.

Análisis de su obra

“La formación histórica de la clase obrera”

   Ya en el prefacio (y en consonancia con lo dicho anteriormente), Thompson nos indica que en 1830 se halla presente una clase obrera definida. Ésta, debe su existencia tanto a cierto grado de determinaciones económicas como a la acción propia de los sectores poblacionales involucrados dentro suyo. Es decir, se debe a la construcción propia y colectiva que realizaron los individuos de clase obrera en su contacto y experiencia -activa y consciente- con los medios y relaciones de producción que se iban imponiendo. Si bien el autor resalta que la experiencia está sujeta en cierta medida a la determinación de las relaciones productivas, remarca que lo verdaderamente importante no es ella en sí, sino las acciones y conflictos que provoca y los resultados que salen de estos. La experiencia de este modo se transforma en experiencia de clase.

   La conciencia será la forma en que se transmitan y expresen esas experiencias a lo largo del tiempo, conformando una cultura propia, incluyendo nuevas tradiciones, sistemas de valores, ideas e incluso nuevas formas institucionales. Esta conciencia a diferencia de la experiencia no está determinada en ningún nivel, ya que si bien surge en diferentes momentos y lugares nunca es de la misma manera ni es influida exactamente por los mismos factores. Por lo tanto, debemos pensar la construcción de clases no de forma individual sino como una dinámica entre varios sectores con diferentes intereses contrapuestos que se unen o separan en pos de los mismos y por tanto no se forma una clase, sino que el mismo proceso trae aparejado la conformación de distintas clases a la vez. De esto puede deducirse que claramente no ve a los trabajadores como víctimas inertes y pasivas, sino que los ve como sujetos, agentes de cambio y transformación que luchan por sus intereses. Esta conformación no debe buscarse en un punto espacial específico, sino que el conjunto de diferentes situaciones en diferentes espacios converge progresivamente en la consolidación de clases.

   “Por clase entiendo un fenómeno histórico unificador de un cierto número de acontecimientos dispares y aparentemente desconectados, tanto por las respectivas condiciones materiales de existencia y experiencia como por su consciencia” (E. Thompson en “La formación histórica de la clase obrera”, ed. Laia, Barcelona, 1977, p.7).

   Posteriormente en el capítulo 6 (“Explotación”) encontramos una explicación más detallada de esto, planteando que en la sociedad inglesa a finales del S. XVIII y en el XIX se están produciendo cambios producto de la revolución industrial. Estos cambios convergen en la constitución de la clase obrera y su conciencia de clase. Sin embargo, no son producto único del fenómeno económico sino también del social y mediante él, del político. En primer término, observamos como el autor, apoyándose en las fuentes, narra cómo los instrumentos físicos de la producción crearon nuevas relaciones sociales, instituciones y formas culturales, a la vez que produjeron agitaciones populares en forma de resistencia. Siguiendo con esto último, describirá como la industria del algodón junto a diferentes organizaciones políticas y de ayuda mutua (que echaban raíces en las poblaciones industriales) fueron moldeando y perfilando al movimiento obrero, haciendo hincapié en que no fue solo la fábrica como factor económico la que influyó en las condiciones sociales, ya que medio siglo después de su “avance decisivo” la población fabril dentro de esa industria aún era pequeña. Incluso destaca para sostener esta postura que los trabajadores a domicilio de diferentes poblaciones tuvieron un rol destacado en las diferentes agitaciones sociales.

   Con esto en mente el historiador afirma que la clase obrera se formó entre 1790 y 1830 con el desarrollo de una conciencia de clase, de una identidad de intereses comunes frente a otros contrapuestos. Este desarrollo se produjo en diferentes grupos, de diferentes poblaciones, con diferentes relaciones de producción que paulatinamente se fueron homogeneizando en organizaciones políticas y laborales. En palabras del propio Thompson “La formación de la clase obrera es un hecho de historia política y cultural tanto como económica. No nació por generación espontánea del sistema fabril” (Ibid. P.203). En consonancia con esto dice que los cambios en las relaciones de producción y trabajo propios de este proceso fueron impuestos no sobre una “materia prima” sino sobre el ciudadano ingles libre; tanto el obrero fabril como el calcetero (es decir, el artesano) eran los herederos de los derechos locales y las nociones de igualdad ante la ley y otras tradiciones políticas conformadas durante la guerra civil inglesa; de tradiciones artesanas correspondientes al periodo medieval y moderno, junto con una educación religiosa particular propia de la iglesia anglicana. Por todos estos motivos enumerados sostiene que la clase obrera es el producto, el resultado de una construcción hecha tanto por otros como por ellos mismos.

   Posteriormente Thompson niega que las penurias de la clase obrera se deban a factores neutros como la guerra y sus correspondientes convulsiones, inmadurez del sector bancario, el inevitable precio alto del trigo, a los mercados inseguros, ciclos comerciales, etc. Afirma que los “infortunios” de la clase obrera (palabra utilizada apropósito por el autor, en forma irónica, para resaltar su punto) se debían más a realidades colectivas propias de la explotación y la competencia salvaje, de carácter económico, pero para nada neutras, con cargas sociales y políticas importantes.

   “La explicación al descontento se debe buscar fuera de la esfera de las condiciones estrictamente económicas” (Ibid. P.218).

    En este sentido también sostiene que los defensores de los primeros términos, guiados por sus posturas ortodoxas niegan o no ven los cambios en las relaciones sociales y culturales que conllevó la revolución industrial, perdiendo de vista por tanto el contexto político y social macroscópico del periodo, y sugiriendo entonces que este periodo fue de mejora para el obrero frente al trabajador a domicilio, en tanto su condición mejoró a finales del proceso en relación con su comienzo.

   Thompson se posiciona en forma antagónica a esta postura, retomando las nociones propuestas por los Hammond -matrimonio de historiadores- y su visión pesimista respecto al cambio de calidad de vida. Vuelve a poner sobre la mesa lo propuesto por ellos, tanto en su enfoque social como en la importancia que da a las tensiones políticas -ya que mediante ellas podemos acercarnos y comprender mejor el contexto propio de la revolución industrial-.

   Da cuenta de cómo la aristocracia -temiendo un contagio del jacobinismo francés y su factor subversivo- y la burguesía industrial -en búsqueda de imponer sus métodos de producción- hicieron causa común frente a los sectores bajos, conformando paulatinamente una clase dominante que encauzaría las condiciones sociales de producción en el camino de la fábrica y sus relaciones inherentes, denegando los derechos comunales, inclinándose del lado del empresario industrial en cada conflicto (como por ejemplo el de los salarios), y favoreciendo la producción industrial frente a otra más artesanal y libre. Esto derivó en relaciones de trabajo rigurosamente estrictas e impersonales, recortando cualquier tipo de relación empática e imponiendo unas que por su lógica de producción son apáticas (simple búsqueda de ganancia al menor costo). De esta forma el pueblo era sometido doblemente: tanto mediante la intensificación de la explotación económica como por la opresión política. Al respecto es interesante de Thompson como en la página 210 hace una reducción de escalas e intenta ponerse en el lugar del trabajador, haciendo una descripción trágica y pesimista del obrero y su cotidiano, comparando incluso el día a día en dos ciudades o regiones diferentes; a nuestro criterio si relacionamos esto con las recurrentes contribuciones que toma de la antropología, creemos que Thompson está plantando la semilla de lo que posteriormente será la microhistoria, ya que nos propone hacer foco en la vida social, en lo cotidiano desde una perspectiva “desde abajo” para hacer más inteligible el proceso histórico, es decir, está proponiendo algo muy similar a la reducción de escala.

   Continuando con el análisis de la obra, es en esta reestructuración de las relaciones sociales de producción cuando la riqueza empieza a monopolizarse aún más y se reduce al hombre a un instrumento. Thompson entonces dice que “los conflictos más ásperos de aquellos años versaron sobre temas que no están englobados por las series del coste-de-la-vida. Los temas que provocaron la mayor intensidad de sentimiento fueron aquellos en los que estaban en litigio valores como las costumbres tradicionales, justicia, independencia, seguridad o economía familiar, más que los simples temas de pan-y-mantequilla” (Ibid. P. 212). Con esto vemos como el autor busca terminar de refutar el punto de vista ortodoxo con respecto a las penurias económicas y su afirmación de que la situación del obrero mejoró, haciendo hincapié en que claramente la calidad de vida se vio terriblemente recortada en favor de un nuevo paradigma. En sintonía con lo dicho anteriormente estas nuevas relaciones de producción y explotación eran despersonalizadas, no reconocen ningún tipo de obligación reciproca que no sea el contrato, no se admite ningún tipo de sanción moral o social. El antagonismo explicito es inherente a la relación de producción, reprimiendo cualquier atributo que no promueva el máximo valor excedente de trabajo al menor costo posible.

   La crítica a esta ortodoxia entonces no apunta a los datos empíricos en sí, sino a la fragmentación de nuestra comprensión del proceso histórico en su totalidad. Se aíslan los hechos buscando explicarlos en sus propios términos ignorando sus relaciones y puntos de contacto con otros hechos, en especial con la dimensión social y los efectos políticos que causan sobre ella. Según el autor esto evita ver el verdadero efecto de la explotación intensificada, aquellos que echan raíz en la matriz social indirectamente, refractando un sistema particular de propiedad y poder en el cual la distribución de las ganancias y pérdidas totales de una sociedad son realizados con una parcialidad alarmante favoreciendo a pocos y perjudicando a muchos directamente en su estructura.

   Con esto en mente el historiador hace una distinción entre estándar y modo de vida. Mientras que la primera es una mera medición de cantidades, la segunda es una descripción y valoración de calidades. Entonces las estadísticas servirán para la descripción de la primera mientras que para la segunda debemos utilizar fuentes que den cuenta de los testimonios personales o sociales, como se percibían las personas en relación con su vida en un momento dado. Si utilizamos las fuentes estadísticas de las primeras para dar cuenta de las segundas estaríamos cometiendo un error y confundiendo más que aclarando el panorama ya que simplemente no son fuentes útiles para dar cuenta de ello. Ambos tipos de fuentes pueden ir en direcciones opuestas ya que mientras unas representan lo cuantitativo las segundas representan lo cualitativo. Aunque las fuentes estadísticas si podrían ser útiles en dinámica con los testimonios para describir los modos de vida. “Cuando examinamos las facilidades de crédito o la relación real de intercambio, en las que cada hecho es explicable y además aparece como una causa, suficiente en sí misma, de otros hechos, llegamos a un determinismo post facto. Se pierde la dimensión de la intervención humana, y se olvida el contexto de las relaciones de clase” (Ibid. P.214).

   Como podemos ver, a lo largo de todo el desarrollo del texto nos encontramos con cuestionamientos a la historia económica, poniendo en duda sus conceptos, en especial el uso de términos neutros ya que enmascaran las relaciones de producción sociales que hay detrás. Thompson con ello está dando cuenta que la teoría marxista ortodoxa no se acomoda en su totalidad a la práctica de la investigación histórica, ya que nos encontramos con múltiples elementos que no pueden ser explicados exclusivamente desde el factor económico, sino que necesitamos agregar otros para verdaderamente hacer comprensible el proceso histórico. Esto nos lleva al segundo texto en el cual profundizaremos sobre las herramientas para lograrlo.

“Folklore, antropología e historia social”

   En consonancia con el texto anterior, en la primera página encontramos el interés explicito del autor por comprender los hechos y características relativos a la cultura, así como los rituales populares dentro de su contexto histórico (es decir, el folklore). Dice entonces que para ello encuentra más útil la perspectiva de la antropología social como herramienta que la historia económica. Casi a continuación de esto pone sobre la mesa de trabajo el problema que según él tienen los historiadores marxistas para aceptar la existencia de problemas de este tipo.

   Apoyándose en el ejemplo de los estudios sobre la brujería en sociedades antiguas o primitivas, Thompson sostiene que los mismos no sirven para estudiar el fenómeno en sociedades más modernas como la inglesa. No solo porque estas sean más complejas, sofisticadas y con mayor nivel de escepticismo, sino porque dichos estudios están hechos con una mirada de anticuario, tratando los rituales de brujería como reliquias, elementos exóticos propios de un pasado lejano y primitivo que ya nada tiene que ver con el actual. Una visión de intelectual elitista que al ser trasladada a la Inglaterra del S. XVIII solo verá rezagos de barbarie propios de otra época que aún quedan remanentes en la sociedad.

   Frente a esto dice que la ventaja de la nueva antropología es que no construye modelos, sino que se encarga de localizar los problemas puntuales e inherentes a cada sociedad, tratándolos con nuevos ojos. Se interesa entonces por la canción popular y otras costumbres en las cuales encuentra testimonio del presente de ese pasado, planteando la importancia de utilizar nuevas preguntas como motor para volver a analizar todo el material heredado. En el proceso busca recuperar los estados de conciencia propios de esos momentos históricos y la pertinente reconstrucción de la textura social y sus relaciones, haciendo énfasis en el aspecto doméstico, el porqué y el cómo de esas tradiciones y costumbres, y en qué fueron inspiradas (aquí se podría relacionar su enfoque con el de la “historia de las mentalidades”, en tanto está buscando comprender la mentalidad de ese momento para dar cuenta de sus ritos). El elemento fundamental es la pregunta, dejando de lado el método o en todo caso adaptándolo a lo que se encuentre en base a ellas.

   Este tipo de análisis claramente no puede ser tratado desde la historia económica ya que esta “solo puede ser entendida dentro del contexto de una sociedad cuya urdimbre está formada por costumbres de este tipo; la vida pública surge de las densas determinaciones de la vida doméstica” (E. Thompson, “Folklore, antropología e historia social”, conferencia dada en el “Indian History Congress”, Kerala, 1976)

   Con respecto a lo tratado en el texto anterior sobre el hacer énfasis en el cotidiano y en cierta forma reducir la escala, el autor postula que una forma de descubrir normas no expresadas es examinar las situaciones atípicas, ya que justamente traen luz sobre los problemas y conflictos enraizados en las sociedades. Para ejemplificar esto tenemos el ejemplo del supuesto status quo espartano, donde se supone que todos los espartiatas eran iguales y por ende gozaban de armonía entre ellos. Sin embargo, nos encontramos con rastros de varios intentos de rebeliones de éstos contra ellos mismos, o posteriormente encontramos que muchos generales eran hijos de matrimonios mixtos entre espartiatas y periecos. Encontramos en estas situaciones atípicas la salida a luz de problemas estructurales no expresados formalmente.

   Siguiendo con las conexiones entre ambos textos y teniendo en cuenta el párrafo anterior, Thompson sostiene que el verdadero significado de los rituales solo puede interpretarse cuando los datos dejan de ser considerados aisladamente y son puestos en dinámica con su contexto. Esto lo utiliza para dar cuenta del teatro y el contrateatro como componentes esenciales del control político y de la protesta. Mientras el primero se centra en la sujeción social mediante por ejemplo el ritual de la ejecución pública, el segundo funciona como resistencia al primero, volcándose en las calles a través de símbolos como la sátira, la ridiculización o la protesta. El uso de la violencia entonces, tanto por un lado como el otro, siempre está ligado a la problemática del teatro y el contrateatro ya que no importa la cantidad de ella que se utilice, sino la forma que adopte y el cómo se utilice. De ahí la necesidad de recuperar las creencias culturales en cada marco histórico, dando cuenta mejor de sus mecanismos.

   Aquí entonces es donde entra en juego el análisis conjunto entre historia social y antropología. Sin embargo, debemos proceder con cuidado al relacionar ambas disciplinas para no cometer errores mezclando las concepciones teóricas. Es decir que en el análisis estrictamente histórico es necesario ubicar cada significado en su contexto específico. Si no logramos esta exactitud, corremos el riesgo de que cambien las estructuras dentro del proceso histórico y así también los conceptos y sus cargas significantes, incluidas las formas específicas del ritual, haciendo que nuestra interpretación sea errónea. Para dar cuenta de ello cita a M. Bloch diciendo que “para gran desesperación de los historiadores, los hombres no cambian su vocabulario cada vez que cambian sus costumbres” (Ibid. P.72). Este análisis conjunto entre ambas disciplinas debemos aplicarlo al total de la estructura, es decir, en la relación entre sectores bajos y clases dominantes de forma tal que se logre una imagen heurística en la que se entienda tanto el teatro como el contrateatro desde ambas perspectivas, en ambas direcciones.

   Habiendo explicado a grandes rasgos su propuesta, el autor avanza sobre las críticas a la ortodoxia marxista, explicitando sus desacuerdos. Dice entonces que si la historia es la disciplina del proceso y el contexto (es decir, dinámica y movimiento), para confluir con la antropología marxista debe dejar de lado el concepto estático de base y superestructura, sostenido por dicha ortodoxia donde (si recordamos la explicación que realizamos sobre este concepto) el ser social determina completamente la conciencia social, donde el método de producción y sus relaciones dan cuenta de un determinismo económico. Este determinismo lleva al reduccionismo, tendiendo relaciones con el método positivista. A continuación para refutar esto recurre a Marx, diciendo que se hizo una lectura errada de sus postulados ya que él nunca afirma que lo económico sea completamente determinante y lo cultural sea un mero reflejo de ello sino que entiende ambos factores como simultáneos.

   Lo que Thompson pone en duda es la idea de describir una sociedad y su método de producción en términos exclusivamente económicos sin considerar el factor cultural, las normas y todos los elementos críticos mediante los cuales se organiza el mismo. Al respecto dice que es imposible analizar la sociedad feudal o capitalista sin estos términos:  es inútil intentar explicar lo económico en ellas sin tener en cuenta factores como las relaciones de poder y dominación, o conceptos como la propiedad privada o las necesidades culturales. Sobre esto comenta:

   “Ningún sistema agrario podría sobrevivir un solo día sin los complejos conceptos de uso y acceso de propiedad: ¿Dónde hemos de situar tales conceptos, en la base o en la superestructura? ¿Dónde hemos de colocar las costumbres sobre la herencia-patrilineal o matrilineal, divisible o indivisible, que se transmiten tenazmente de forma no económica y que, sin embargo, tienen una profunda influencia en la historia agraria?” (Ibid. P.79).

   Posteriormente sostiene que usar estos términos economicistas para la Inglaterra del S.XVIII es ser anacrónico en tanto su significado actual dista mucho del que portaba en aquella época, donde se lo asociaba más con los asuntos domésticos. Por tanto, este análisis no sería histórico en tanto no respeta el contexto y deforma el proceso. “El principal pecado del capitalismo era el de definir todas las relaciones en términos exclusivamente económicos. Y de hecho, vemos que la mayoría de los siglos XVIII y XIX solo se pueden entender como la reclamación por los explotados del respeto a su concepto de humanidad” (Ibid. P.81).

   Al no poderse separar la descripción del “ser social” de los conceptos y normas que son esenciales a su existencia en un contexto determinado, el autor plantea que sería imposible clasificar el ser material y la conciencia en categorías distintas. En contraposición, dice que la solución es tomar el modo de producción en la totalidad de la forma en que él lo hace, corriendo el foco del determinismo económico a la conformación de las clases mediante la confrontación. Marcando su dualidad como formación económica y cultural sin priorizar ninguna de las dos, siendo la determinación una mezcla en mayor o menor medida, dependiendo el caso específico, de ambas; propone entonces frente a la formula base-superestructura comprender lo social mediante las congruencias, contradicciones y los cambios involuntarios. Por tanto, vuelve a relacionarse con el primer texto al sostener que la reestructuración de la sociedad es el resultado de las confrontaciones y el cambio material solo determina las condiciones del conflicto. “La clase, en la tradición marxista, es (o debería ser) una categoría histórica, que describe a las personas relacionándose unas con otras en el transcurso del tiempo, el modo en que adquieren consciencia de sus relaciones, se separan, se unen, entran en conflicto, forman instituciones y transmiten valores en términos de clase” (Ibid. P82).

   Luego de realizar un análisis sobre lo propuesto por Thompson, lo que nos parece interesante es que, si bien pertenece a una matriz marxista, logra romper la teleología de dicha corriente con respecto a la historia mediante la ruptura del determinismo absoluto de lo económico. La historia deja de verse entonces como una serie de pasos determinados y necesarios hacia un fin último, sino que se enfoca en las particularidades presentes en cada pasado, en lo práctico. No busca justificar la corriente marxista mediante la historia como los intelectuales orgánicos, sino que utiliza algunos conceptos de la misma para analizar el pasado, haciendo uso de un fuerte trabajo interdisciplinario. Separa el aspecto filosófico del histórico aun determinante en dicha corriente diferenciándola en dos vertientes: la economista y la culturalista. Logra así modernizar el marxismo. Si bien se plantea que es ambiguo con respecto al nivel de determinismo económico en la conformación de las clases sociales, para nosotros lo dejó bastante claro al plantearlo como algo relativo, que puede ser mayor o menor dependiendo de cada contexto y sociedad en particular, pensándolo en simbiosis con lo cultural. Es decir que el nivel de determinismo es inherente a ambos factores y no solo a uno.

   Si bien no se lo puede disociar del marxismo ya que él mismo se identifica como marxista y es su base intelectual, si seguimos su trayectoria profesional y su método, creemos que su aproximación a la investigación y su producto final distan de aquellos del marxismo tradicional/ortodoxo, ya que no solo crea un nuevo método con algunos principios de dicha corriente sino que reelabora y corta de raíz muchos de sus postulados básicos -entre ellos la idea imperante en el marxismo de filosofía de la historia en términos teleológicos y el determinismo económico- trazando puentes con la antropología, la sociología y la historia del pensamiento en un análisis sociocultural, admitiendo y relacionándose con historiadores no marxistas, sentando las bases para nuevos campos como el de la microhistoria.

 

FUENTES

-E. P. Thompson, “La formación histórica de la clase obrera, Barcelona, Laia, 1977 (selección)

-E. P. Thompson “Folklore, antropología e historia social”, en: Entrepasados. Revista de Historia, 2, 63-86, 1992.

-H. Kaye, “Los historiadores marxistas británicos, Universidad de Zaragoza, Introducción y conclusiones, 1989.

 

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