La crisis del Sistema Feudal – Transición al Capitalismo

 

Por Bruno Benitez

 

   Para hablar sobre la crisis del sistema feudal nos remitiremos en principio al famoso debate Dobb-Sweezy, ya que en él se encuentran las ideas base necesarias que nos permitirán avanzar sobre las propuestas de otros autores más contemporáneos. Ellos modificarán los supuestos de ambos, profundizando y ordenando el proceso histórico, y permitiéndonos llegar a una conclusión de manera clara y ordenada. Debemos situar esta crisis dentro del marco temporal que va desde mediados del S. XV hasta por lo menos mediados del S. XVII, periodo en el cual coinciden todos los autores que utilizamos.

 

Las causas de la crisis: ¿Internas o externas?

   La propuesta de Dobb sostiene que la desestructuración del sistema feudal se debió a sus propias contradicciones -es decir a factores de carácter interno-, siendo un proceso que se generó a sí mismo. El elemento fundamental en su análisis es el pequeño productor campesino, envuelto en una constante y creciente sobreexplotación por parte de los terratenientes (tanto señores feudales como campesinos ricos, los “gallos de aldea”). Esto se debía a que la forma más sencilla y rápida que tenían de incrementar sus ganancias, era aumentando la presión ejercida sobre el productor (campesinado) ya que eran los encargados de la producción. Esta sobreexplotación provocó el estancamiento del sistema y fue el estímulo principal de su disolución, ya que dentro de la dinámica de lucha de clases y la constante búsqueda por evadir las crecientes cargas feudales, el campesinado de algunas regiones del norte de Europa retenía una cantidad del excedente de su trabajo, muchas veces expresado en la producción manual de artesanías. Este excedente lo vendía y en torno a ello paulatinamente se generaron nuevas relaciones sociales con sus consecuentes nuevos actores (surgimiento que lo caracteriza como casi autónomo) que comercializaban este excedente. De esta manera se desarrolló una cierta libertad en la sujeción al sistema feudal, permitiendo alternativas a su lógica de producción; para Dobb, esto nunca podría haber sucedido si no nos encontráramos en un período de debilitamiento del sistema feudal: sin ello no se hubiese generado el vacío social sobre el cual se edificarían estas nuevas relaciones.

   Para Sweezy, la desestructuración del sistema feudal se debió a factores de carácter externo. El elemento fundamental para él es la esfera de circulación de mercancías (es decir, el comercio) y su capacidad para generar y abastecer mercados. El comercio entonces paulatinamente iría rompiendo la lógica de producción feudal, siendo este un sistema que el autor considera (al igual que Dobb) estancado. Sin embargo, sobre esta teoría podemos realizar una serie de críticas, basándonos en autores como Gelichi y Toubert encontramos que el comercio no era para nada ajeno a la lógica feudal. Solo por dar dos ejemplos, encontramos varios tipos de aplicación del señorío banal, uno de ellos el de los condes de Champagne que obtienen su beneficio a través del cobro de tasas de mercado, cuyos miles se encargaban de proteger las rutas de comercio que llevaban a las ferias. Otro ejemplo es el del Valle del Po, por donde ingresaban mercancías importadas de Bizancio y se repartían por el resto de Europa, llegando inclusive a las ferias mencionadas anteriormente. Con esto queremos dar cuenta que sí existía tributación en moneda, así como una serie de facetas mercantiles muy presentes en la edad media.

     Retomando a Dobb y en relación con esto último, para él la economía urbana, el comercio y su circulación eran inherentes al sistema feudal y parte misma tanto de su crisis como de su posterior paso al capitalismo. Este proceso nace entonces de un desarrollo que el autor denomina “protocapitalismo”, cuyo rasgo principal es la acumulación de capital por parte de algunos grupos de pequeños productores (Kulaks) y la diferenciación posterior de “clases” entre estos y los campesinos pobres. Estos kulaks junto a los artesanos “de escala media” conformaron para el autor el primer grupo capitalista, siendo los verdaderos representantes de esta transición.

 

Las “clases bajas” feudales, motores de la progresiva conversión del sistema

     Para empezar a complementar este debate, en primer lugar, Medick le critica a Dobb la falta de análisis sobre el segundo grupo compuesto por los campesinos pobres. Medick ahonda sobre este punto conformándolo por dos sectores: rurales pobres y clases sin ninguna propiedad sobre la tierra. Con respecto a ellos sostiene que efectivamente eran la fuerza esencial del sistema feudal, pero que a su vez también fueron el elemento que permitió generar las condiciones para el surgimiento del protocapitalismo mediante la “industrialización rural”. Para el autor la producción de mercancías de tipo industrial abandonó paulatinamente la ciudad debido a las grandes limitaciones que planteaban los gremios a la acumulación de capital mediante una producción en términos más “masivos” y de menor calidad. Esta producción recayó entonces sobre la “industria familiar” en el campo donde los kulaks y mercaderes dominarían el sistema. La polarización que marcábamos anteriormente dentro de la población rural fue el condicionante previo que permitió este cambio y a su vez el cambio profundizó la polarización, ya que generaba una mayor dependencia de estos pobres rurales hacia este nuevo grupo que el autor denomina capitalistas, ya que se veían obligados a trabajar en relación de dependencia (tanto como jornaleros como desde sus casas, por encargo en esta industria local) para complementar sus medios de subsistencia. Este trabajo complementario era mal retribuido y aumentaba paulatinamente las cargas, obligándolos a autoexplotarse y por ende aumentaba su miseria, ya que a este grupo dependiente no le quedaban muchas opciones para subsistir. La mala retribución del trabajo permitía a los comerciantes y kulaks (que encargaban el trabajo a los pobres rurales) mediante el beneficio diferencial que se generaba quedarse con una mayor ganancia, aumentando su capital y densificando esta lógica de relaciones capitalistas en el campo.

 

El crecimiento urbano y demográfico, la división campo/ciudad

     Abstrayéndonos un poco del fenómeno en sí y yendo a sus causas y condiciones previas encontramos que todo el proceso que acabamos de describir es considerado por Medick como parte de la segunda fase de disolución del feudalismo. Ubica la primera en la alta Edad Media cuando se produjo la división de trabajo campo-ciudad y se generó un cierto grado de capital mercantil. Kriedte agrega a esto la importancia del crecimiento demográfico que permitió no solo el constante desarrollo de la producción agraria sino la construcción y densificación de una red de ciudades. Este aumento demográfico permitió avanzar sobre tierras no trabajadas, alejándose de los núcleos señoriales iníciales y por ende complicándose la coerción ejercida por los señores feudales sobre sus siervos. Esto hizo que se considere la aplicación de nuevas formas producción como el régimen de aparecerías en detrimento del antiguo sistema de apropiación de plustrabajo social, introduciéndose en muchos casos el pago en dinero. Si bien esto era más eficiente, para ambos autores a la larga presentó la vulnerabilidad del sistema feudal en tanto el debilitamiento del mismo -junto a estas características- permitiría el surgimiento de las lógicas capitalistas.

     Volviendo sobre el aspecto urbano, si bien esta división campo-ciudad del trabajo fue en principio la “fuerza motriz del crecimiento de la economía manufacturera” (Kriedte: 19-20), en el largo plazo sería su mayor impedimento en tanto la presión político-económica de los gremios plantearía una lógica conservadora de producción, anulando la ya escasa elasticidad de la oferta y por ende haciéndola ineficiente para abastecer a los crecientes nuevos mercados. Se genera así la migración del capital mercantil de las ciudades al campo. Esto último ya es propio de la segunda fase donde como dijimos se invierte esta lógica y se vuelca el capital mercantil en la organización de la industria rural, constituyendo a la protoindustrialización como la nueva gran fuerza motriz. Lo explicado en estos párrafos entonces nos sirve para comprender que este fenómeno capitalista comenzado a mediados del S. XV no es el único momento crucial en este proceso, sino que hubo otros momentos significantemente importantes en la disolución del sistema feudal.

 

Formas y relaciones sociales de producción en la nueva industria rural-doméstica

     Con lo planteado en los últimos párrafos ya podemos empezar a ordenar mejor este debate. Kriedte complementa y resume este proceso entendiendo la nueva industria doméstica como un nuevo tipo de empresa cuya organización se basa en las relaciones desiguales entre dos clases sociales, cuyo cuerpo está compuesto por los artesanos y la cabeza por los comerciantes. Es decir que los rurales pobres por un lado y los kulaks y comerciantes por otro ya componen dos grupos diferentes, incorporando el concepto de Verleger para este segundo grupo. El autor agrega los conceptos de Kaufsystem y Verlagssystem para diferenciar dos tipos de relaciones posibles entre estas clases sociales. Mientras que en la primera los medios de producción -y en algunos casos la materia prima- pertenecen a los artesanos, en el segundo caso ambos son propiedad del comerciante o Verleger, que los pone en producción entregándoselos a los campesinos pobres para que los operen. Si bien este segundo caso efectivamente aumenta la asimetría de poder entre ambos grupos es interesante que el autor no los entiende necesariamente como una prolija evolución del primero al segundo, matiza la relación por regiones y encuentra que no es algo tan mecánico, sino que las relaciones varían; en algunas regiones el segundo se aplicaba sin haber pasado antes por el primero e inclusive puede haber “retrocesos”, pasando de uno a otro.

     El autor sostiene que esta “industrialización previa a la industrialización”, ligada al debilitamiento del sistema feudal generó zonas en las que sus habitantes rurales vivían completamente de la producción manufacturera. Esto era posible porque había mercados lo suficientemente grandes como para generar esta división del trabajo, orientando su producción inclusive a mercados internacionales (dándonos un parámetro de la dimensión del fenómeno). Mediante ello se da cuenta de que estas regiones de producción manufacturera se encontraban al menos parcialmente fuera del sistema feudal.  Esta convivencia de sistemas abarcaría un largo lapso temporal ya que el autor encuentra que durante el S. XVIII en las zonas donde mejor arraigó la lógica capitalista se rompió el círculo Malthusiano mientras que en regiones bajo régimen feudal esto seguía sucediendo. Kriedte entonces no solo da cuenta de esta continuidad del sistema feudal hasta un periodo tardío, sino que distingue la división de trabajo interregional entre ambos sistemas.

 

Desarrollo desigual de las relaciones capitalistas; influencia del comercio global

     Volviendo al texto de Medick encontramos dos posturas que profundizarán el debate. La primera de ellas es la de Brenner que modifica los postulados de Dobb reformulando el surgimiento de las relaciones capitalistas. Atendiendo los aspectos jurídico-políticos y socioeconómicos de comienzos de la Europa moderna encuentra que solo en Inglaterra estaban dadas las condiciones para la transición al capitalismo. En ella la aparición de la pequeña propiedad campesina de carácter capitalista junto con la retención del control de la gran propiedad rural por parte de los terratenientes, generaron nuevas relaciones de producción capitalista donde estos últimos fueron reduciendo a los pequeños productores agrarios a la condición de asalariados mediante la expropiación. Para Brenner el surgimiento del nuevo sistema no se encuentra en el pequeño productor sino en estas relaciones.

     Brenner contrasta Inglaterra con otras regiones europeas encontrando que en ellas el resultado del conflicto terrateniente-campesino se resolvió a favor de los últimos, fortaleciendo sus derechos a la propiedad y manteniendo su dinámica autorreproductiva. Esto evidentemente redujo la relación asimétrica y por ende la dependencia que en el caso inglés llevo a relaciones del tipo capitalista. A su vez el carácter de Estado monárquico absolutista imperante en varios Estados europeos como en Francia, “favorecía” en términos de propiedad al campesinado ya que los necesitaba para abastecerse de recursos mediante cargas fiscales, sirviendo de “freno” para los intereses de los terratenientes y dificultando una relación más dinámica entre estos y los campesinos. Si bien el autor no lo dice, deducimos que el carácter no absolutista de la monarquía inglesa, más bien tendiente a una “Monarquia compuesta” al estilo español en donde el rey era un “primus inter pares” favorecía a los grandes propietarios en la relación de fuerzas, teniendo mayor margen de maniobra para desarrollar sus intereses.

     La segunda postura es la de Wallerstein. Si bien comparte con Brenner la importancia del desarrollo desigual en las sociedades europeas modernas para el paso al capitalismo, no concuerda en ver este desarrollo compartimentado por países. Plantea que el desarrollo de la nueva lógica de producción es resultado de las relaciones económicas a escala mundial donde el comercio cumplió un rol fundamental en tanto configuró las relaciones regionales, generando una división del trabajo extraregional. El comercio sería causa y consecuencia de estas relaciones. “Para Wallerstein no hay muchas, sino una sola transición del feudalismo al capitalismo. Ésta tiene lugar durante el largo siglo XVI (Braudel) entre 1450 y 1640 y coincide con el comienzo de un sistema capitalista mundial global” (Kriedte: 188).

     El autor entonces coincide con Sweezy en tanto considera que este impulso comercial es un agente exógeno del sistema feudal y fue la clave en la desintegración del mismo y el pasaje al capitalismo, ya que a diferencia del feudalismo su exacción era de carácter indirecto a través del intercambio desigual. Esta lógica de mercado mundial generaba entonces dos movimientos: Por un lado, el desarrollo de zonas centrales de acumulación capitalista (principalmente noroeste de Europa) donde el trabajo era principalmente “libre” y generalmente asalariado; por el otro, regiones de carácter periférico que se veían sometidas a regímenes de explotación y subdesarrollo estructural.

A su vez plantea una “semiperiferia” (Europa meridional) donde las relaciones de producción eran de carácter intermedio como el sistema de aparcería. Su hipótesis podemos llevarla a un carácter macro y verdaderamente mundial si lo relacionamos con las relaciones de carácter colonial y mercantilista desarrolladas en el S.XV y XVI entre Europa y la costa africana primero, y América después. Plantea así la interdependencia estructural de estas regiones en el marco de la división del trabajo extrarregional.

 

El comercio internacional, las transformaciones político-estatales y sus influencias

     Finalmente retomamos a Kriedte para terminar de ordenar el debate. En relación con el párrafo anterior, en sus primeras páginas vemos la “perspectiva estatal” por así decirlo del paso del feudalismo al capitalismo que a su vez se relaciona con esta perspectiva de carácter mundial que nos plantea Wallerstein. Dentro de la estructura estatal, en búsqueda de fortalecimiento surgen intereses de carácter mercantilistas ya que dicha ideología promete generar mediante una política de exportación, balanzas comerciales excedentarias y el aumento de la capacidad fiscal. En este marco la antigua estructura de producción basada en gremios urbanos es considerada obsoleta y se toma con particular atención el desarrollo de la protoindustria rural. Esta última seria de vital importancia ya que según el autor hasta entrado el S. XIX su producción manufacturera, su generación de empleo y por ende su creación de valor seria mucho mayor que cualquier industria de carácter centralizado.

        Siguiendo el texto del autor vemos como paulatinamente a medida que la nueva lógica de producción se iba imponiendo, repercutía en las demás áreas productivas, las relaciones que se desarrollaban entre ellas y finalmente a la sociedad entera. Tanto la demanda de materias primas, la producción de alimentos y la mano de obra se iba acomodando en torno al abastecimiento de la protoindustria. Bajo estos términos Kriedte hace especial énfasis en la transformación que sufrió el territorio rural, como la producción de manufacturas fue influenciando y modificando las relaciones de producción agrarias ya que a medida que los productores manufactureros perdían sus bases agrícolas, se generaba una demanda de alimentos y de materias primas que forzaba y estimulaba la comercialización de la agricultura, chocando con la exacción feudal. De esta forma la protoindustrialziación “dinamizaba” las relaciones sociales feudales. A la larga si el sistema feudal no era lo suficientemente fuerte se transformaban las relaciones de producción a favor de la comercialización. A nuestro criterio entonces la protoindustria funcionaba como “polo de arrastre” en tanto la influencia que emanaba hacia la sociedad la transformaba en torno a ella.

     Kriedte concuerda con Wallerstein en la estrecha relación entre la nueva lógica y la creación de mercados, admitiendo que estas relaciones entre oferta y demanda tenían carácter no solo interregional sino internacional, por ende, admite el carácter mundial del sistema dominado por metrópolis europeas -que componían su centro- y regiones periféricas. Sin embargo, a diferencia de Wallerstein, hace hincapié en que este sistema mundial ya existía, lo que la nueva lógica hizo fue darle mayor impulso y transformarlo, no crearlo. De esta forma vemos que se generan regiones rurales industrializadas que funcionaron como polo de arrastre, ordenando la división del trabajo mundial entre zonas centrales y periféricas, cuyas relaciones serian asimétricas a favor de las primeras. Las zonas centrales impedirán el desarrollo de la periferia, “atándolas” a su nuevo lugar.

 

Consideraciones sobre la no automaticidad de la transición. Coexistencia del feudalismo y la protoindustria.

     Este proceso mediante el cual se fue desarticulando el sistema feudal no fue lineal ni mecánico. Mediante los autores tratados observamos lo vacilante del fenómeno, planteando que estuvo sujeto a retrocesos, variantes, obstrucciones, etc. Se induce por tanto que por la propia lógica del movimiento debemos prestar atención a los matices, los rasgos particulares de cada región y sus relaciones con el movimiento general para comprender sus cambios y transformaciones. La protoindustrialización no abarcó todas las regiones ni todos los rubros de la industria, así como en las distintas regiones donde surgió no siguió las mismas fases de desarrollo. Vemos así, como las interrelaciones de los sistemas superan a la protoindustrialización en sí, evitando limitarla a un carácter local. Kriedte explica que se generaron diferentes desarrollos de este fenómeno, cada uno conformado por las variables que señalamos antes. Estos a su vez convivían en el mismo espacio temporal y no necesariamente se sucedieron. Incluso las variantes pudieron cambiarse con el paso del tiempo y ocurrir “regresiones” a formas consideradas más “primitivas”. Un punto que consideramos fundamental con respecto a la posición del autor es que en el marco de esta multiplicidad de relaciones de producción surgidas en este proceso entiende que siempre están englobadas en unidades sociopolíticas más grandes, siendo estas regiones “capitalistas” una pequeña parte de ellas, llegando a la conclusión de que “La protoindustrialización afectó a las sociedades en las que se desarrolló, especialmente a sus sectores agrarios y a sus estructuras políticas e institucionales; pero a su vez fue también fuertemente determinada por estos mismos sectores” (Kriedte: 25).

     Siguiendo la lógica de lo planteado en el párrafo anterior, el autor va a rectificar el rol de las ciudades, planteando que la migración del capital mercantil del mundo urbano al rural tampoco fue algo tan mecánico, sino que en muchos casos lo urbano sirvió como complemento a lo rural.

 

Conclusiones

     A lo largo de este trabajo se puede observar que ambos modos de producción, el capitalista y el feudal, convivieron hasta por lo menos finales del siglo XVIII, modificándose mutuamente hasta que finalmente en algún momento el capitalista pasó de ser tendencia a imponerse, destruyendo lentamente al feudal. En este proceso lo fundamental de la segunda fase de transición fue que las relaciones de fuerza se vieron modificadas considerablemente llegando a un “punto crítico”; en el mismo cambiaron su forma esencial, ya que se produjo una ruptura y cambio en la mentalidad de las distintas sociedades. Si bien dichas relaciones de producción seguían determinadas por la punción señorial del excedente agrario, en la esfera de la producción pasó a dominar la pequeña producción campesina ya que como dijimos anteriormente se elimina la prestación forzosa de trabajo y se cambia por rentas en metálico o en especie. Esto quiere decir que los señores feudales se retiran del proceso de producción, quedando en gran medida bajo manos del campesinado. Todo esto no pudo haber sucedido sin el evidente crecimiento de las capas campesinas inferiores que permitieron el efecto expansivo de la producción agraria, dificultando la capacidad coercitiva de control de los señores feudales que se vieron obligados a apoyar la modificación del sistema. Dentro de estas capas campesinas el pequeño artesanado aumentaba con rapidez debido a su rol subsidiario de la economía campesina. Generándose así un “subsistema” por así decirlo que empezaba a escapar del dominio señorial cuya lógica y ámbito de acción era más “libre”. De este modo los campesinos si bien reconocían la subordinación señorial, la superponían con estas nuevas prácticas. En este contexto una vez surgida la protoindustrialización y sus nuevas dependencias si bien supuso en principio un determinado estado del desarrollo del sistema feudal, a la larga se convertiría en el factor modificante que llevaría a la disolución del mismo. Este momento decisivo se dio cuando la producción manufacturera dejó de ser un “apéndice” de la producción agraria, ligado a las herramientas de subsistencia del campesino y se convirtió en una lógica propia que obedecía solo a sus propios principios, desligándose de la dependencia y la sujeción señorial.

Para concluir, concordamos con Kriedte en que viendo desde esta perspectiva a la protoindustria se puede contribuir a superar la rigidez del debate Dobb-Sweezy entre factores internos y externos planteando una “simbiosis heterogénea entre sociedad feudal-campesina y capital mercantil” (kriedte: 307). Intentar ver el fenómeno en las claves que presenta dicho debate es un camino errado en tanto no permite observar con cuidado y detalle el proceso, dando cuenta de los diferentes matices y la complejidad de las relaciones. El criterio rígido solo las confunde y no ayuda a su esclarecimiento. Factor fundamental con respecto a esto es que el capital mercantil estaba vinculado de múltiples formas con el sistema feudal, por tanto, no se lo puede clasificar como externo. Este capital mercantil lo que hizo fue entrar en simbiosis con la sociedad feudal.

 

FUENTES

    KRIEDTE, Peter, MEDICK, Hans, SCHLUMBOHM, Jorgen,”Introducción” y “Epílogo a la edición española”, en, KRIEDTE, Peter, MEDICK, Hans, SCHLUMBOHM, Jurgen (Con la colaboración de Herbert KISCH y Franklin F. MENDELS), Industrialización antes de la industrialización, Barcelona. 1986, pp. 11-26 y pp. 299-307 respectivamente.

MEDICK, H.: “La transición del feudalismo al capitalismo: renovación del debate”, en SAMUEL, R, (ed.): Historia popular y teoría socialista. Barcelona, 1984, pp. 177-90.

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