Los Zoológicos Humanos

 

Expuestos tras barrotes, en jaulas o en recintos junto a animales salvajes, individuos “exóticos” de todas partes del mundo servían de espectáculo a los habitantes de las metrópolis europeas.

¿Qué fueron los Zoológicos humanos? Fueron exhibiciones en las que se presentaba ante los ciudadanos europeos a aquellos humanos “no civilizados” de todo el globo, recreando su supuesto entorno y conductas sociales. La idea apareció simultáneamente en varios países europeos en la década de 1870 y fue continuada hasta 1958, siendo el último caso el de la Exposición General de Bruselas donde se expuso a habitantes del Congo belga.

 

Inicios de un espectáculo racista

La primera de estas exposiciones fue llevada a cabo en Alemania, donde en 1874 Karl Hagenbeck, un revendedor de animales salvajes decidió presentar individuos de Samoa y lapones. Su éxito lo llevó a enviar colaboradores al Sudán egipcio a traer animales e individuos de Nubia, los cuales pasarían a recorrer diversas capitales como Paris, Londres o Berlín.

Este éxito sin precedentes generó iniciativas propias en otros individuos. Tal es el caso de Geoffroy de Saint-Hilaire -director del Jardín Zoológico de Aclimatación de Francia- el cual comenzó la organización de “espectáculos etnológicos” en un intento de mejorar la situación financiera que atravesaba el establecimiento. Luego del debut de estos en 1877 con la exposición de nubios y esquimales, la asistencia al jardín se duplicó alcanzando un millón de entradas vendidas. De allí en mas se volverían habituales las exhibiciones, habiéndose realizado entre 1877 y 1912 unas treinta en el establecimiento, extendiéndose a otros lugares y/o adaptándose los espectáculos a fines más políticos – como en las exposiciones universales desarrolladas en París-.

 

Dinámica de las exhibiciones

Algunos establecimientos se especializaban en representaciones lúdicas; otras, en la reconstrucción histórica, como es el caso de la realizada en el Teatro parisino de la Porte Saint-Martin, donde se recreó la derrota de los guerreros del rey Behanzin de Dahomey ante el ejército francés.

Las exhibiciones fueron rápidamente populares y adquirieron presencia en ferias y exposiciones regionales; ello llevó a la conformación de compañías itinerantes que iban de una localidad a otra trasladándose con su “pueblo de negros”. En ellas, el “otro” exótico y proveniente de lugares remotos, era escenificado y enjaulado: se trataba de replicar sus viviendas, de ubicarlo junto a animales propios de su “hábitat natural”, y de exponer sus hábitos y costumbres de una manera atractiva para el público europeo.

Reservando para posterior análisis lo que deja traslucir este fenómeno sobre la mentalidad europea de la época y su (in)moralidad para con las otras “razas” -así como las ideas socialmente imperantes sobre las cuales se fundaba-, debemos hacer una acotación sobre el carácter “expositivo” de tales muestras. El mismo -también- es falso, ya que detrás de las pretensiones antropológicas de las que se revestían los eventos yacía un interés comercial, de legitimación ideológica y política, que amoldaba a los sujetos cautivos a la idea de lo salvaje y primitivo para el asombro y la conveniencia de los “civilizados”.

Para comprender lo adulteradas que se hallaban las conductas exhibidas es imprescindible entender dos cosas, en primer lugar, el interés por parte de los empresarios de generar en los europeos la impresión de estar viendo barbárico. De esta manera se hacía publicidad sensacionalista y se incurría en distorsiones en las formas de conducta propia de estas familias y comunidades con el objetivo de satisfacer el imaginario metropolitano-colonialista; en una exhibición de indígenas australianos, por ejemplo, se promocionaba a los mismos con la siguiente descripción:

“Caníbales australianos, machos y hembras. La sola y única colonia de esta raza salvaje, extraña, degenerada, y la más brutal jamás sacada del interior de los dominios salvajes. La más baja categoría de la humanidad”[1]

Además, y segundo lugar, se sumaba el trauma producido en las personas que sirvieron de “atracciones”: cuando no eran remunerados eran muchas veces capturados, y luego, en el desarraigo, expuestos al traslado a un lugar, un clima y una sociedad radicalmente diferente y desconocida, así como a las condiciones que impusiera su cautiverio, y a la circulación permanente de espectadores interviniendo o queriendo interactuar con ellos.

Al respecto, otro claro ejemplo del trastorno y lmodificación de los hábitos indígenas con fines comerciales, podría ser aquel que se dio en el año 1889, cuando se celebró por el aniversario de la revolución una exposición universal en París, a donde una familia de indígenas Selk’nam proveniente de Tierra del Fuego fue llevada encadenada: para mayor interés popular y comercial se enfatizó entonces su “barbarie” presentándolos como supuestos caníbales, se los mantuvo sucios y sin posibilidades de higiene, y se los hambreó para que comieran la carne cruda de caballo que les arrojarían todas las tardes. Luego de la gira a la que se vieron obligados por Europa, y producto de las enfermedades, de los once cautivos solo regresaron con vida seis a su tierra natal.

 

 

El ideario europeo. Finalidad política de los zoólogicos humanos.

¿Qué utilidad real cumplían estas exhibiciones? Servían como primer contacto de la mayoría de los habitantes metropolitanos con ese tan propagandeado “otro” colonial. Nos dicen Bancel, Blanchard y Lemaire que: “La aparición de los zoológicos humanos, al igual que su auge y el entusiasmo que despertaron, resulta de la articulación de tres fenómenos concomitantes: en primer lugar, la construcción de un imaginario social sobre el Otro (colonizado o no); luego, la teorización científica de la “jerarquía de las razas” consecutiva a los avances de la antropología física; y, por último, la edificación de un imperio colonial por entonces en pleno crecimiento.”[2]

El contacto con la alteridad cultural tanto africana como del resto del mundo, generó desde antes de la consolidación de los imperios una pasión por el exotismo en la mentalidad europea; a su vez, la convergencia de varias ciencias y pseudociencias de tendencia evolucionista construyeron un discurso sobre las llamadas “razas” inferiores. En este contexto, la presencia de seres y sociedades “menos evolucionadas” permitían la constitución de una auto-representación en la que la propia sociedad es enaltecida como mejor, mas avanzada, menos animal y más humana.  La exposición de individuos “salvajes” en condiciones deplorables, a los cuales se buscaba entender más como animales que como a humanos, era útil y justificaba la colonización bajo una presunta misión civilizatoria: o estas culturas eran primitivas -vestigios de las primeras etapas de la humanidad que incurrían en actos inhumanos-, o eran “buenos salvajes” en el sentido rousseauniano; en ambos casos, el hombre blanco europeo tenía el derecho y el deber de intervenir sus espacios y modos de vida y mandarlos/guiarlos para que estuvieran a la altura de la condición humana civilizada.

Esta exposición obedecía a la necesidad de “domesticar” al otro, de representarlo de forma estigmatizante en una “mecánica colonial de inferiorización”[3].

En la reafirmación de este imaginario los zoológicos humanos constituyeron un engranaje clave, ya que las ideas populares alimentadas desde el discurso seudocientífico del eugenismo, del darwinismo social y de las jerarquías raciales estaban a la vista de todos: “Son salvajes, viven como salvajes, y piensan como salvajes.”[4]

 

FUENTES

[1] Plakate, 1880-1914, Historiches Museum, Francfort.

[2] Bancel, Nicolás et al “Los zoológicos humanos de la república colonial francesa” en Le Monde Diplomatique septiembre 2000

[3] Ibid

[4] Ibid

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