El Caudillismo – Historia de una categoría política (PARTE II – Segunda Renovación Histórica)

Habiendo trazado en el anterior post del blog la génesis del caudillismo como concepto,  en esta entrada se explicará la hipótesis planteada por Tulio Halperín Donghi (1926-2014), la cual significó una segunda renovación histórica en la historiografía argentina. En primer lugar analizaremos su concepto del caudillismo y la pertinencia del mismo en el estudio del caso de Rosas, para pasar luego a remarcar las coincidencias y diferencias que tuvo su obra en relación a los anteriores movimientos historiográficos. Dando cuenta de su aporte, se ennumerarán las conclusiones y las nuevas tendencias en la investigación por parte de los historiadores posteriores.

Su hipótesis

Halperín Donghi coincide con Sarmiento al referirse al periodo rosista como el heredero legítimo de la revolución, y plantea que el mismo representa las contradicciones, cambios y resistencias que generó el proceso independentista.  Da cuenta en este sentido de la interpretación original que hace Sarmiento del fenómeno del caudillismo, considerándolo consecuencia directa de la militarización y las guerras de independencia, así como del ingreso de los sectores rurales a la vida política. A su vez interpreta -como Sarmiento- al Rosismo como producto de una síntesis entre el orden político de una y otra época, manteniendo el mismo un componente autoritario de los gobiernos revolucionarios, a la vez que integrando a las instituciones del fallido orden liberal-unitario. Así, en su obra “Revolución y Guerra” (escrita en 1972) formula que la incorporación de las masas a la vida militar y política del Río de la Plata generó un proceso de democratización, produciéndose una base política para el surgimiento de caudillos con una autoridad de influencia marcial; y que esta actividad requirió también una movilización de los sectores rurales, que vieron aumentada su participación como proveedores de recursos materiales y humanos, cobrando la campaña un rol protagónico en el devenir político.

 En conjunción con este factor,  nos dice que el ingreso de comerciantes ingleses al territorio -en el primer quinquenio posterior a la revolución- favoreció también la primacía del hinterland rural, que pasó a ser el núcleo económico de la provincia de Buenos Aires; esto habría sido resultado de la baja competitividad que poseían los capitales comerciales porteños, los cuales fueron trasladando su inversión económica a la acumulación de tierras para la producción ganadera. De esta manera la economía local se insertó en forma favorable – y para desgracia de las provincias- en el mercado global como proveedora de bienes, principalmente cuero vacuno y sebo, recibiendo a cambio manufacturas baratas. Notablemente, este viraje se dio en el contexto de la revolución industrial, con la suba de los precios de las materias primas, y una alta demanda fogueada por el aumento demográfico europeo.

Todos estos cambios -junto con la mixtura entre las viejas formas de control militar y el consenso republicano producto del devenir revolucionario- serán para Halperín los que volverán al Rosismo un reflejo de las nuevas clases sociales, a esto se refiere cuando dice que “surgido de la guerra, el régimen de caudillos pudo sobrevivir a la paz porque se transformó en expresión fiel de las fuerzas a las que esa paz daba la supremacía”[1].

 En este sentido Rosas pertenece a la nueva elite económica ganadera y es también un líder militar destacado por su comandancia de las milicias de campaña; emerge con el carisma propio de su cargo y dirigencia, asociado a las nuevas bases rurales y en un contexto de resquebrajamiento del orden político consensuado. Siendo la fiel representación de la época, Rosas aprovecha su ascendiente sobre el interior para favorecer a figuras políticas secundarias que habían nacido de los conflictos revolucionarios, consolidando así la hegemonía de Buenos aires con el posicionamiento de una dirigencia adicta en las provincias[2]. Para Halperín -y contrariamente a la perspectiva de otros autores- lo que esto hace es de una manera u otra generar una solidaridad política que afirma su superioridad sobre los intereses facciosos y venciendo su resistencia.[3]

Relación con la historiografía previa

Su idea del caudillismo, y más particularmente del Rosismo, invita a rever las posiciones de la producción histórica previa. En principio y como ya tratamos, rescata parcialmente la conceptualización que hace Sarmiento del Rosismo, aunque no hace una valoración negativa como él del caudillismo. Tampoco coincide con las perspectivas que plantean al caudillismo como fundamentado en la anarquía (Alberdi); para Halperín en cambio el caudillismo es la consecuencia natural de las condiciones históricas, y representa un orden que liderado por el federalismo rosista plantea una solución para la crisis política argentina y porteña, permitiendo que se concrete una solidaridad interprovincial sobre la cual se basaría el estado nacional. El federalismo encauza y da representación a los sectores políticos ingresantes a la escena; no es una manifestación del desorden y el despotismo caudillezco, sino el establecimiento de ordenes locales y vinculados de carácter personalista. [4].

De la misma manera disasocia la anarquía del año XX como catalizadora del caudillismo, ubicando su surgimiento de manera previa, remontándolo al ingreso de las milicias de campaña como actor político, y al surgimiento de su comandancia de las redes de poder local. De esta manera no continúa con la corriente liberal y su foco privilegiado en la dicotomía orden/desorden -orientada a su contemporánea búsqueda de una estabilidad política-. Mientras Mitre identifica una potencialidad de la integración de las masas a la vida política – de regirse las mismas por las instituciones republicanas- para Halperín las mismas serán interpeladas y dirigidas efectivamente por Rosas

En relación a las otras corrientes, podemos decir que donde Ingenieros ve una vuelta al feudalismo -y los investigadores de la historiografía del norte relaciones clientelares- Donghi ve en cambio la preeminencia de un liderazgo militar y cultural antes que de clase. Si bien caracteriza a Rosas como a un estanciero que supo gobernar para el crecimiento material de su clase y de la provincia, lo hace considerando a su base política: son los sectores rurales pobres, que verían arrebatado el orden legitimo con la caída y muerte de Dorrego, aquellos que lo apoyarían activamente y se sentirían representados por su liderazgo. Que el federalismo poseía un programa propio e independiente de la elite estanciera y sus aspiraciones es indudable; la más clara demostración de esto queda patente en el levantamiento de los libres del Sur, en el que el gobierno debe enfrentarse con la propia clase a la que pertenece Rosas, aquella de los terratenientes ganaderos que ven sostenidos los esfuerzos de guerra mediante impuestos a sus ganancias.

A diferencia del revisionismo, Halperín privilegiará más la capacidad explicativa que la intención de redimir a las figuras históricamente condenadas de los caudillos. Dirá que grandes legados del Rosismo fueron el desarrollo de la economía mediante la pacificación rural y la imposición de un orden en el sistema de producción y transporte; en otro sentido, también reconoce el desarrollo de las relaciones internacionales, la consolidación definitiva de la personalidad internacional del estado argentino y la defensa de la soberanía política.[5] Sin embargo a su vez dirá  que en el sentido económico “La noción de que el régimen rosista libro una heroica batalla por la independencia pertenece al reino de las fantasías retrospectivas”[6]; de esta manera y a diferencia del revisionismo establece ciertos matices al hablar de la defensa de la soberanía, exponiendo que la misma no afectó lo esencial de la relación de dependencia económica. De igual forma, el desarrollo económico propiciado no se permitió que alcanzara a las provincias con la monopolización de los ingresos de la aduana.

Consecuencias en la Historiografía Posterior

Al mostrar al Rosismo tratando de figurar sus causas y las motivaciones del movimiento, la perspectiva de Halperín Donghi resultó novedosa y aportó a una segunda renovación histórica. En definitiva, logró matizar las interpretaciones previas las cuales presentaban en Rosas a un oligarca o un adalid incuestionable de la soberanía política. De la misma manera, descartó la presencia de un régimen de tipo feudal y reintrodujo como factor el apoyo suscitado en las clases bajas.

La historiografía posterior a el haría énfasis en este último punto, en la forma de participación de las masas, en las practicas propias de la plebe, en su situación económica y legal, en las convicciones federales y la presencia de instituciones en el periodo que otorgaran legitimidad. Podemos nombrar así por ejemplo los trabajos de Ternavasio[7] en los que trata sobre el sistema electoral rosista y la constitución de listas únicas de candidatos; y cómo el sistema obliga a una unanimidad, pero mide la adhesión popular año a año mediante el plebiscito, generando auténticos ritos cívicos. Aquellos como el de Silvia Ratto problematizando la asociación con los indígenas, tratando de develar si se trataba no de relaciones clientelares o incorporaciones al sistema[8]; o trabajos relacionados a las celebraciones federales, a la construcción de una liturgia propia del régimen rosista mediante la cual celebrar la ciudadanía.[9]

Todos ellos profundizan en la relación entre las masas y el gobierno posrevolucionario, en las formas de consenso y representación ciudadana, así como en la convicción activa de la plebe sobre el movimiento político al que adhieren. De esta manera no se representa ya a una masa pasiva, o a una clase acomodada que “dirige” la efervescencia popular; sino que se representan a los propios actores como conscientes de su rol social y en activa defensa del mismo. Para esta nueva perspectiva histórica, el Rosismo, aún siendo un movimiento personalista, fue no solo una consecuencia automática de la militarización, la ruralización y la coyuntura económica, sino también el producto de las alianzas que estableció y de los sectores de los que fue representación.

Entendiendo esto se justifican muchos hechos, sin ir más lejos la ya mencionada represión del levantamiento de los libres del sur, la cual responde entre otros motivos a la necesidad coyuntural de extraer excedentes de la clase dominante. Otros ejemplos pueden ser, por ejemplo, la relación -en diferentes términos – de Rosas con los pueblos de indios, llegando a mediar inclusive entre ellos en los casos de conflicto; o la concesión -contraria a sus intereses personales y económicos- de ventajas propias del derecho consuetudinario tradicional a los habitantes pobres de los campos (como sería el usufructo de tierras privadas consideradas sub-explotadas, o la venta de la misma a precios privilegiados). La confiscación de propiedades y riquezas a la oposición política pasa inclusive a ser aprovechada para la obtención de consenso, haciendo una redistribución de los bienes expropiados.

En definitiva; empezando a valerse de un análisis predispuesto a escuchar las fuentes y buscar el rastro de las clases bajas y los desposeídos, se vislumbra una historia en la que el programa federal excede – aunque los incluye- intereses facciosos o clasistas. Es una historia en la que -contrariamente a los supuestos dependentistas-, se prueba la existencia de instituciones legales como el plebiscito y la legislatura, supervivientes de un intento de republicanismo pleno y fallido. En este sentido, el régimen rosista se probó capaz de establecer un balance entre las fuerzas internas a la provincia; no solo mediante la coerción, sino mayoritariamente por el consenso y la representación de los diversos intereses en pugna en el contexto posrevolucionario. Por lo anteriormente expuesto se puede concluir confirmándose la hipótesis de Tulio Halperín Donghi como actualmente vigente, y reforzada por la historiografía posterior a su obra:

 “La argentina rosista, con sus brutales simplificaciones políticas, reflejo de la brutal simplificación que independencia, guerra y apertura al mercado mundial habían impuesto a la sociedad rioplatense, era la hija legítima de la revolución de 1810.”[10]

Bibliografía

[1] Halperín, Tulio, “El surgimiento de los caudillos en el cuadro de la sociedad rioplatense posrevolucionaria”, Estudios de Historia Social, I:1, 1965, Buenos Aires, pág. 149.

[2] Halperín, Tulio, “Revolución y Guerra, formación de una elite dirigente en la argentina criolla”, Siglo veintiuno, 1972, Buenos Aires, pág. 436.

[3] Op. Cit. Pág.451

[4] Halperín, Tulio, “Historia Argentina, de la revolución de independencia a la confederación rosista”, Volumen 3, 1972, Paidós, Buenos Aires, Pag. 301.

[5] Op. Cit. Segunda parte, Capitulo 3 “Apogeo y Caída del Rosismo”, apartado cuatro: “El legado de la etapa rosista”.

[6] Op. Cit. Pag. 407.

[7] Ternavasio, M., “Hacia un régimen de unanimidad. Política y elecciones en Buenos Aires, 1828-1850”, en H. Sábato (comp), Ciudadanía política y formación de las naciones, FCE, México, 1999, pp 119-141.

[8] Ratto, Silvia “Soberanos, clientes o vecinos? Algunas consideraciones sobre la condición del indígena en la sociedad bonaerense”. En Villar (ed.) Jiménez & Ratto. Conflicto, poder y justicia en la frontera bonaerense, 1818-1832. Bahía Blanca-Santa Rosa, Depto. de Humanidades UNSur, Facultad de Ciencias Humanas UNLPampa. 2002

[9] Salvatore, Ricardo, “Fiestas federales: representaciones de la república en el Buenos Aires rosista” , en Entrepasados, VI: 11, 1998, pp. 45-68.

[10] Halperín, Tulio, “Revolución y Guerra, formación de una elite dirigente en la argentina criolla”, Siglo veintiuno, 1972, Buenos Aires, pág. 451.

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