El Caudillismo – Historia de una categoría política (PARTE I – Origenes del término)

 

En el presente trabajo se tratará de discutir la caracterización que hace Tulio Halperín Donghi (1926-2014) del caudillismo y el periodo rosista, entendiéndose la divergencia que significó su interpretación de aquellas planteadas por la historiografía previa, así como la impronta y perspectiva de la posterior a “Revolución y Guerra”. Con este fin se trazará primero la génesis del caudillismo como concepto, luego, en otra entrada, se explicará la hipótesis planteada por el autor respecto al rosismo, para -finalmente- pasar a remarcar las coincidencias y diferencias que tuvo su obra en relación a los diferentes movimientos historiográficos; entendiendose a su vez las conceptualizaciones de estos en el contexto histórico pertinente de su producción.

La génesis del término

Esencialmente, la polémica por la significación política, social y económica del federalismo Rosista está marcada por los debates en torno a la polisémica categoría del “caudillismo”. Esta fue generada ya por Sarmiento en su obra “Facundo”, complejizada por el resto de los miembros de la Generación del ’37 (intelectuales que pretendían modernizar el estado), y retomada por liberales, positivistas, revisionistas y dependentistas en diferentes proyectos interpretativos. En sus inicios, los componentes clásicos del fenómeno eran definidos por este grupo como la ruralización del poder, la violencia autoritaria y el vacío institucional: el caudillo es, típicamente, un líder político y militar que moviliza tropas, originado de la fragmentación política post-revolucionaria, y que rechaza la autoridad de un poder central.

Al respecto podemos decir que para Sarmiento “el caudillo era la expresión de la Barbarie gaucha, la que a su vez provenía de las condiciones del Desierto, un espacio social donde la violencia se había convertido en forma de vida”[1]. Dicho de otra manera, según él la caída del orden colonial había fragmentado la soberanía, surgiendo formas despóticas de gobierno de los sectores rurales. De esta conceptualización Alberdi privilegiaba el concepto de la política bárbara como conjunto de métodos utilizados para erradicar o silenciar a la oposición, a la vez que agregó la connotación del caudillismo como asentado en la anarquía y el vacío institucional. Para Alberdi, forzadas por la falta de recursos las provincias estaban condenadas a soportar gobiernos despóticos: “¿Qué es el gobernador de una provincia argentina? -Es el jefe de un gobierno local que no tiene renta, y que no reconoce autoridad suprema que le impida tomarla donde y como pueda”[2]

Posterior a esta construcción inicial del concepto, el mismo sería retomado por la corriente liberal. López y Mitre, protagonistas de ella, apuntaban a formar un sustrato ideológico para el país mediante la edificación de una historia nacional. En relación al caudillismo justificaron a la anarquía del año ’20 como causante del mismo y la describieron como producto de la ausencia de una autoridad central y de la imposibilidad de contener a las masas. Mitre sin embargo era de la opinión de que el caudillismo expresaba sentimientos democrático-igualitarios que poseían el potencial de contribuir a la nación de ser encauzados por las instituciones liberales-republicanas.

Ingenieros por su parte concibe al caudillismo como una vuelta a la feudalidad, y sobre el mismo establece un universo de asociaciones del que se nutrirían otras corrientes. Identificando a Rosas como un señor feudal en pacto con otros en las provincias, su gobierno es concebido como una oligarquía y como la antítesis del sistema representativo republicano, a la vez que las masas dejan de tener poder explicativo sobre el surgimiento del fenómeno del caudillismo. Luego, la corriente positivista llevaría a que nuevos y viejos autores hagan uso de las más modernas disciplinas, tratando de encontrar las claves del caudillismo en las tendencias psicológicas o conductuales de la población, así como en la mezcla de razas o en la cultura popular. Se haría recurrente una apelación a una supuesta falta de ética del trabajo, y habría un traslado de la clave previa (las emociones y costumbres) a una nueva, la psiquis colectiva y la herencia.

El revisionismo histórico rescataría la figura de Rosas tratando de formar una contra-historia con la cual “desplazar el centro del interés hacia el imperialismo y la dominación oligárquica”[3]. Bajo esta luz se defendería la legitimidad de Rosas como defensor de la soberanía nacional, y se justificaría su autoritarismo por su contribución a la unidad. Cómo reacción, esta postura generó en los opositores al revisionismo la reafirmación de la figura de Rosas como un dictador moderno. Por otro lado, la historiografía del Norte caracterizaría al caudillismo como una relación político-social en la que grupos de patrones y clientes compiten por el poder de forma violenta, en un contexto anárquico y de vacío institucional. En este caso, entonces, se transformaría la noción del vínculo caudillezco, y el mismo pasaría -de ser producto de los liderazgos militares- a ser uno entre dueños y peones de estancia.

Lo que puede apreciarse entonces es una mutación y resignificación de las implicancias del término. Por un lado, se pasó de entender al fenómeno como una manifestación cultural asociada al paisaje para asociarlo -con el positivismo- a la herencia racial y la psicología de las multitudes.  Por el otro, tanto la corriente liberal como los revisionistas hicieron un uso decididamente político, el mismo fue orientado tanto a justificar y construir el orden estatal (como es el caso del liberalismo) como a deconstruir la historia oficial; esto generó un desvío del esfuerzo explicativo hacia cuestiones valorativas. De la misma manera historiadores asociados a la corriente dependentista vieron en el caudillo una relación con sus seguidores cimentada en el dominio de clase y la dependencia al patrón.

 Metiéndonos más de lleno con las connotaciones propias del término – y no tanto en las construcción histórica del fenómeno- podemos ver que en un comienzo – en el Facundo- la palabra era peyorativa y poco “densa” como categoría analítica; sin embargo, su uso daba lugar a las acepciones posteriores de la palabra, ya que Sarmiento implicaba en el termino todo aquello que despreciaba y veía en el mundo rural: “la ignorancia, la violencia sin sentido, los temores de la superstición, el deprecio por la cultura y por la vida de las ciudades”[4]. Esta oposición a la vida ciudadana sería producto de una doble guerra, la de las ciudades contra la dominación española y la de los caudillos contra las ciudades a fin de liberarse de toda sujeción civil[5]; de esta misma conceptualización pudo reconstituirse una gama de interpretaciones posteriores -como la de Manuel Herrera y Obes- en las que el caudillismo representaba la sustitución de la tradición por el instinto, y el predominio de la irracionalidad violenta.

Estas implicaciones propias de la categoría fueron sin embargo forzadas para integrar a Rosas, quien es asumido como el ejemplo más directo de la misma. Sobre las contradicciones que ejemplifica al interior del fenómeno da cuenta el mismo Sarmiento, interpretándolo como una síntesis entre el caudillismo puro y la civilización propia de Buenos Aires. Para Sarmiento, Rosas expresa de esta manera las pasiones bárbaras a través de medios ilustrados como la prensa y la legislatura, a la vez que modera la crueldad y ofrece un despotismo sistematizado. Sin embargo, diferentemente a el mucha de la producción historiográfica posterior sobre Rosas –salvo el revisionismo- interpretó al pie de la letra aquella metáfora en la cual haría de la República una de sus estancias, enfatizando las características extrajurídicas de su gobierno y la falta de instituciones.

Hasta aquí hemos visto como mutó la implicancia del termino con el paso del tiempo y según el movimiento historiográfico predominante en cada época.  Quien daría una vuelta de tuerca  a las conceptualizaciones previas sería Halperin Donghi. Su ideas ideas del caudillismo, y más particularmente del Rosismo -las cuales trataremos en la parte II de este artículo-, invitan a rever las posiciones de la producción histórica previa.

Bibliografía

[1] Goldman, N. y R. Salvatore (comp), Caudillismos rioplatenses. Nuevas miradas a un viejo problema, Eudeba, Bs As, 1998, pág.8

[2] Juan Bautista Alberdi, “Causas de la anarquía en la República Argentina,” en Obras Completas de Juan Bautista Alberdi, Buenos Aires, La Tribuna Nacional, 1886, Tomo VI, pág.172.

[3] Goldman, N. y R. Salvatore (comp.), Caudillismos rioplatenses. Nuevas miradas a un viejo problema, Eudeba, Bs As, 1998, pág.11

[4] Myers, J. “Las formas complejas del poder: la problemática del caudillismo a la luz del régimen rosista”, en Goldman, y Salvatore (comp), Caudillismos rioplatenses…, pag.84.

[5] Domingo Faustino Sarmiento, Facundo, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1961, pag. 69.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*